Justicia. Eso es lo que se pide. Nada más ni nada menos que lo que corresponde, lo que manda la ley, lo que tiene que ser. Ni una pizca extra ni una de menos. Ni privilegio ni perjuicio arbitrario. Simplemente, lo que debe ser. No hay disposiciones que atenten contra lo que se manda, ni trabas que dejen el portón de la libertad cerrado. En un mundo ideal cada uno haría lo que le corresponde y desaparecerían los administradores de leyes, de fondos públicos, de recursos naturales y de las acciones de los ciudadanos. Cada persona de ese supuesto mundo perfecto sabría qué hacer sin necesidad de que lo bueno y lo malo -o lo debido y lo indebido- deba aparecer escrito. La palabra policía no existiría, porque cada uno sería una suerte de ángel de la guarda del que está a la par. No afectar a terceros, respetar la vida, no tocar lo ajeno, no mentir y velar por el bien común serían acciones tan cotidianas como respirar, caminar, hablar o amar. Así se movería una sociedad ideal, pero inexistente. La realidad es que hacen falta leyes, administradores y cuidadores públicos. Los hay. Y que el líder del más fuerte de los poderes del Estado tucumano -el Ejecutivo- diga que no puede controlar todo no tiene perdón. Porque implica o que deberíamos vivir en aquel mundo de fantasía o que de nada sirve una organización social alrededor de un Gobierno que se declara impotente.